Los unos y los otros

Cuentos y relatos de ficción,anecdotas familiares. De todo un poco, algunos amigos tamién han colaborado... por eso lo de "Los unos y los otros"

Friday, August 18, 2006

CARTA A LA QUINTA

Leyendo el tan hermoso y emotivo poema de Guille, que tan bien expresó en pocas palabras lo que todos sentimos, se me ocurrió que podía también poner en papel algunos de los recuerdos que tengo de La Quinta.
Bariloche, 13 de agosto del 2006 (Día del niño)
Querida Quinta:
Al enterarme de que ya no estás, necesito y quiero decirte lo que representaste para mi en mi infancia, hoy que justamente es el Día del Niño.
Por ser la nieta mayor y la mayor de los 6 hijos de Pocho, los recuerdos que tengo tuyos son los de cuando eras “ La Ermita” o sea la “otra” Quinta, esa quinta que mis hijos, sobrinos y nietos, no conocieron.
Cuando Chiche y Pochito se mudaron ha vivir allí yo ya estaba casada, así que tú nunca fuiste“mi casa” eres el recuerdo del lugar maravilloso de los juegos de mi niñez en salteados fines de semana o soleados domingos, los cuales nunca olvidaré y que encierran sólo momentos lindos y reuniones con familiares y amigos.
Mis recuerdos más perdidos en el tiempo, aunque no lo creas son “flashes” de episodios vividos allí. Cuando era muy, muy chiquita, íbamos muy poco, porque al no tener auto, sin duda se dificultaba el traslado desde Martínez. Interminables viajes en un viejo tren (sí, ya eran viejos en esa época) con laaargos asientos de madera, largos, porque eran para 3 o 4 personas no para 2 como los actuales. ¿Cómo llegábamos desde la estación hasta Gaspar Campos?, no lo recuerdo, pero era hermoso estar frente a tu blanco portón con sus puntas rojas, y la traba que con su “clac” permitía nos abrirlo, la campana con que avisabas que alguien llegaba y el aroma de jazmines y azahares con que recibías al visitante. En esos días eras una verdadera quinta, con muchísimos árboles frutales, caminábamos entre jazmines, naranjos, limoneros y riquísimas limas. Al fondo, la casa de Grandi quien tanto te cuidó. El molino, los coloridos ciruelos y los maduros kakis. Al otro lado costado los quinoteros y en el centro tú, con tus paredes de madera blanca y tus descascaradas persianas metálicas rojas A tu alrededor, las enormes y coloridas hortensias rosadas y los malvones rojos. Al frente los señoriales eucaliptos, los pinos, las altas y flacas palmeras y la famosa Magnolia, sí ¿la recuerdas? preciosa, enooorme, su interior fue una verdadera casa de juegos para todos la que la conocimos, ¿cuánto medía como 4 metros de diámetro o más, por 5 o 6 m de altura? ¿Recuerdas que en su interior sólo tenia ramas ya que las hojas estaban sólo en su superficie, por eso podíamos estar “adentro” cómodamente, treparnos, jugar...? ¡¡ increíble!!
Subiendo tus 3 escalones en el porche, y empujando con fuerza la enorme y pesadísima puerta entrábamos a tu living de paredes azules y verdes, color que a Mami “le gustaba tanto...” Los sillones siempre enfundados, la hamaca de Pity, el gran sillón del abuelo con sus enormes brazos como mesas. Tus enormes y oscuras vigas, la escalera con su permanente invitación a tirarse por sus anchas barandas en vez de bajar por los crujientes escalones... y el teléfono, negro, enorme, ¡sin números!, ya que llamábamos haciendo girar una manijita al costado para comunicarse con la central. ¡Modernísimo!
No puedo olvidar tampoco tu viejísima cocina, con su ajedrezado piso negro y blanco, el filtro de agua sobre la amarillenta pileta de piedra,
Todo esto conformaba tu encanto de “lo distinto”, y en el recuerdo vale porque marcaba que eras de otra época, ya en ese momento de mi niñez. ¿Cuántos años tendrías?
Aunque eras helada en invierno y insoportable de calor en verano, permanentemente nos albergarte con la tibieza del amor.
¿Recuerdas que siempre íbamos a almorzar para el cumpleaños del Abuelo Carlos el 1ro de enero?. En tu comedor, bajo esa original araña de frutas de vidrio de colores, la gran mesa ovalada dispuesta para el almuerzo familiar, los platos azules y blancos con su inglés paisaje dibujado, y las “odiadas” mesitas más chiquitas para nosotros los niñitos, (¿porqué siempre discriminamos a los chicos con las mesas? ). Los centros de mesas florales por todos lados y La Torta de Ciruela, el Milhojas de Dulce de Leche o el Dulce de Kinoto hechos por la abuela eran infaltables. El enorme y melodioso reloj que marcaba tu tiempo...
Allí se realizaban los encuentros con tíos y primos que veíamos muy poco, quizás sólo en esas fechas. El simpático Tío Juan, con su boina, quien me sentaba en sus rodillas y me cantaba: “Se murió la chancha, vidalitá...”, el “temido” Tío Alejandro por su saludo espeluznante que nos hacía crujir todos los huesos de la espalda, la siempre seria Tía Tita, y la alegre Tía Negra, no parecían hermanas, ¿verdad?. Raúl, Nelly y los primos, con quienes en realidad hacíamos pocas migas... Nunca entendí de grande porqué, pero no recuerdo haber jugado con ellos jamás. Muy raro...
Nuestro comportamiento debía ser ejemplar, no hablar, no pelear y sobre todo “comer todo”, eso era una tortura, ya que no podíamos dejar ni una cucharita de comida en el plato sino se enojaban.
Si el tiempo era feo, podíamos jugar sentados en el piso con las lindísimas cartas plastificadas del abuelo e incluso nos prestaba sus maravillosas y coloridas fichitas de pocker, aunque estas no eran tan lindas como las que tenía en su departamento de Arenales que eran más grandes..
Buscar hormigas, seguirlas e indicar donde estaban los hormigueros era nuestra tarea en los días lindos, costumbre quizás que por no seguirla a lo largo de las siguientes generaciones te trajo consecuencias nefastas... Juntar semillas de eucalipto para hervirlos en el invierno e impregnar de ese delicioso aroma el departamento de los abuelos en Buenos Aires era otra ocupación agradable.
Seguro recuerdas aquella calurosa siesta de verano, en la que mientras Mami dormía, me dediqué, tijera en mano, a cortar un pedacito de todo lo que encontraba: cortinas, fundas de sillones, almohadones, flecos de alfombras y hasta una camisa del abuelo que colgaba por ahí. Recuerdo como si no hubieran pasado casi 50 años, a la vieja preguntándome “tranquilamente” como es su costumbre ante semejante descalabro: “¿Que más cortaste? ¡Pensá!, ¡Pensá!” , ya que debía reparar el destrozo antes que su “querida” suegra se diera cuenta de los delatores agujeritos que la rodeaban cual queso gruyere.
Y hablando de tijeras, otra cosa que recuerdo es a Pity zurciendo medias y el costurero que tenía allí una caja con enormes flores en su tapa y adentro entre agujas y dedales (seguramente de ancestros y nobles antepasados ) el “huevo de madera para zurcir medias”, del que entre paréntesis me apropié una vez casada, no sé si con permiso o sin el, pero que aún conservo en mi modesto costurero como un recuerdo de mi infancia y que, aunque ya descascarado me permite remendar a mi también bastantes medias al igual que ella.
Los bichos, igual que hoy eran una tortura, los mosquitos me comían a pesar de los rarísimos “atrapa bichos” que había dispersos en tu parque, esos recipientes parecidos a faroles con no se que líquido en su interior que supuestamente los atraía, y adentro del que flotaban los cadáveres de los infelices atrapados.
Tampoco había vez que no volviera embadurnada con un emplasto de barro seco, para extraer el aguijón, luego de haber sido picada por una avispa de las que rodeaban sus paredes.
Pero el maravilloso croar nocturno de las ranas o “sapitos” como decía Grandi,, que se complementaba con la fabulosa orgía en el titilar de las miles de luciérnagas o el despertarse con la sinfonía de los pajaritos cantando en mi recuerdo es algo único e irrepetible,
Seguro recuerdas las enormes palanganas o tachos de aluminio cómo de 1 m. de diámetro, que nos permitía refrescarnos, buenas antecesoras de la pileta. La pelopincho no era bienvenida porque “quemaba” el pasto y las “orejas de elefante” que con tanto trabajo cuidaba Grandi. Esos tachos eran utilizados también para almacenar agua de lluvia, vaya uno a saber para qué.
Bajo tus árboles fue el lugar donde aprendí a leer las Selecciones del Reader´s, del abuelo que siempre había por ahí, costumbre que conservo cuando puedo, al igual que El Atalaya, revista que hoy día, cuando los protestantes barilochenses en su afán misionero me dejan, no puedo dejar de aceptar recordando las veces que de pequeña las leía, (aunque ahora confieso por primera vez, que en esa época, preconcilial, no sabía si realmente podía hacerlo o era un pecado, pero con esa mezcla de lo prohibido y lo misterioso y cosquillas en la panza las devoraba.)
Estos recuerdos son los primeros. Yo tendría menos de 12 años ya que recién en esa época, más o menos Pochito compró el auto (un jeep) y entonces ir ahí empezó a ser algo más asiduo aunque íbamos “amuchados” en la cajuela cual “gronchos al rio”...
Entonces mis recuerdos cambian de ensueños nebulosos a aventuras, a magia, a descubrimientos.
Ibamos normalmente los domingos temprano y volvíamos tarde a la noche, para evitar los embotellamientos de la Panamericana, muchas veces acompañados por los Mamen y Javier Lantarón lo que agregaba juegos, camadería y diversión en patota.
Los terrenos del fondo, donde viven Vaso y Belén ahora, en esos tiempos eran una verdadera selva misionera, pastos a la cintura o más y retoños de algarrobos llenos de vainas, y hasta una lagunita había.... En mi imaginación jugábamos que éramos conquistadores que al igual que Albar Núñez Cabeza de Vaca, veníamos a conquistar un nuevo continente, a pie y espada en mano. Estar allí era una aventura a lo desconocido en nuestra infantil imaginación (Nos divertíamos barato, sin TV ni videojuegos...)
También estaban la abandonada cancha de bochas y el “laboratorio de Pochito”, que luego subió de estatus al convertirse en Quincho. Éste era también otro lugar en que mi imaginación volaba con esos cientos de frascos rotos y cosas raras que podía entrever por sus ventanas semirotas.
Recuerdo como si fuera hoy que una noche de verano, entre bichitos de luz a nuestro alrededor y aromas de azahares en el aire decidimos los 4 probar nuestra valentía viendo quien se quedaba “acostado más tiempo sobre la Gaspar Campos”, si bien el tránsito era escaso no dejaba de ser “peligroso” y si alguno de mis hijos o nietos lo hiciera hoy podría morir infartada.
Por supuesto también era maravilloso, “chusmear” en tus huecos de la pieza del medio arriba, llena de baúles, y muebles arrumbados. Cuadros, adornos en desuso, enormes canastos llenos de cosas insólitas como limones en aserrín, (supongo que sería una manera de conservarlos.) Espadas, bastones y entre estos uno asombroso que en su interior escondía una espada o estoque, ¡era lo máximo! También había un insólito cuadro que según lo mirabas era San Martín o Bolívar ¡increíble!.
Disfrazarse, jugar a la escondida, era lo que tú nos permitías. Y soñar, en tus balcones, con esa vista entre árboles que nunca perdieron su encanto y para mi que vivía en una casa de planta baja, era una invitación a ensueños de princesas y príncipes. No sé por qué, pero hasta la última vez que me asomé por ellos de grande seguí teniendo esa sensación de paz, de lugar perfecto...
Y crecí y las idas fueron menos, quizás por otras actividades. Pero al casarme, como vivía en un departamentito muy chiquito en Baires, aprovechábamos con Edgardo algunos fines de semana para irnos solos allá. Tu nos recibías aunque ya no había aventuras, (sólo las de llegar,) pero eras el desenchufe de la ciudad, y el remanso donde tomar fuerzas para empezar nuevamente el lunes el ritmo infernal. Un año después, ya Mami, Papi y los chicos decidieron mudarse allí y a partir de entonces es otra la historia, fuiste cambiando, modernizándote. Para mí fuiste entonces el lugar de encuentro y asados, un lugar donde ir con mis hijos al viajar desde Bariloche. Tu también tuviste “tus hijas”, en aquellos terrenos de mi imaginada “selva” aquella que conquisté con mi espada, y como es la ley de la vida, ellas te sobrevivirán, pero sus habitantes no te olvidarán.
Algunos de todos estos recuerdos serán compartidos por Vaso y no tanto por Benja, Pablo, Belén y Dindín, pues las edades eran distintas y los amigos y travesuras también. Mis hijos y sobrinos tendrán sus propias experiencias al haber nacido y vivido allí. Dejo a cada uno de ellos el escribir sus propios recuerdos, y compartirlos sería hermoso. Después podemos hacer El Gran Libro de La Quinta.
Tú querida Quinta, que viniste desde Europa hace mucho mucho tiempo, como bien dice Guille, y que te llamaron Ermita, quizás porque eras un lugar de remanso y paz, luego te modernizaste y poblaste y ¿enloqueciste? como Don Carlos, pero que para todos nosotros simplemente fuiste y seguirás siendo “La Quinta” a secas. Tus paredes, carcomidas por las temitas, cobijaron recuerdos que existen en nuestros corazones y en nuestra memoria y al compartirlos no desaparecerán a pesar que pasen los años como en mi caso. Tú siempre estarás asociada a nuestra infancia, y ya son 5 las generaciones que gozamos allí. Y aunque tú hoy ya no estés siguen estando tus jardines, tu paisaje, y tu entorno. Seguramente resurgirás nuevamente distinta, renovada y albergarás a otros niños que encontrarán también allí momentos de felicidad y juegos compartidos.
Te quiero mucho y no te olvidaré nunca
Copita.

Wednesday, August 16, 2006

ESTA NOSTALGIA

Este sueño que vivo,
esta nostalgia con nombre y apellido,
este huracán encerrado tambaleando mis huesos,
lamentando su paso por mi sangre...
No puedo abandonar el tiempo y sus rincones,
el valle de mis días está lleno de sombras innombrables,
voy a la soledad como alma en pena,
desacatada de todas las razones,
heroína de batallas perdidas,
de cántaros sin agua.Me hundo en el cuerpo,
me desangro en las venas,
me bato contra el viento,
contra la piel que untada está a la mía.
Qué haré con mi castillo de fantasmas,
las estrellas fugaces que me cercanmientras
el sol deslumbra y no puedo mirar más que
su disco-redondo y amarillo- la estela de su oro
lamiéndome las manos,
surcándome las noches, desviviéndome, haciéndome desastres...
Me entregaré a los huracanes para pasar de lejos por esa luz ardiendo.
Estoy muriéndome de frío.

Gioconda Belli

Nuestra Casa Quinta

“Soy vieja, revieja. Tengo mas de ochenta años. Pronto voy a morir. Me estoy muriendo ya, me están matando día a día. Ahora mismo me están arrancando los escalones de la entrada, que antes hace muchos años, la luz del sol iluminaban como una boca joven que sonríe. Siento terribles dolores cuando los brutos esos andan por mis cuartos con sus hierros, golpeando las paredes. Dolor y vergüenza. Me avergüenzo de que me vean así, mugrienta, sórdida, de que todo el mundo me vean así desde la calle, sin puerta y llena de boquetes, los balcones caídos. Que me vean así… así…con la lepra de la humedad devorándome, sin vidrios ni puertas, con la escalera cayéndose; lo que fue blanco o celeste o azul transformando en negro, en colores sin color, impuros……”

Así comienza la novela de Manuel Mujica Lainez , La Casa.

… y a mi no me faltarían motivos para pensar que la Quinta, nuestra Quinta, la de todos, en estos momentos, este sintiendo lo mismo que la Casa de la novela de M. M. Laines; yo que la conocí sin esos colores de muerte, mohosos, sino cuando se mostraba alegre, blanca y deliciosamente plácida en medio de un jardín fuera de época….
Permítanme ahora que explaye mis recuerdos…

Su encanto me sedujo aun antes de conocerla. Solo me había hablado de ella Pocho con el entusiasmo y amor de un joven enamorado. Durante mucho antes de casarnos, ya hacíamos planes para vivir allí, y desde entonces un extraño vínculo, sentí que nos unía.
Cuando años mas tarde la vi por primera vez, ya no tuve dudas, lo que me pasó a mi con la quinta, fue lo mismo que le pasó a Pocho conmigo ¡un amor a primera vista!
Cuando llegué, desde el imponente y macizo portón blanco y rojo borgoña, no se la veía en detalle ya que permanecía protegida por añosos árboles, que como fieles guardianes
la rodeaban y escondían.
Perfumados jazmines y azahares la envolvían como si fuera una novia y tiernas margaritas se inclinaban ante ella. Coquetas hortensias se esparcían a sus pies en una conjunción de rosas y celestes.
Una majestuosa “magnolia fuscata”, ejemplar único por su tamaño, casi acariciaba su balcón delantero con sus ramas, mareándonos con su perfume al florecer suspequeñas flores.
Al acercarme, por el angostito caminito de lajas, su estilo canadiense surgió en todo su esplendor mostrándola fina, liviana y a la vez transmitiendo firmeza por lo bien plantada que se la veía.
De un blanco, levemente grisáceo, los marcos de puertas y ventanas le daban vida y color pintados de color borgoña, semejando el rubor en las mejillas de una antigua dama.
Desde el primer momento, cuando con timidez de novia que visita a sus suegros traspuse el umbral, presentí su misterio, si, tenía un aire serenamente misterioso dado por los arbustos, álamos, palmeras, cedros que la rodeaban y que años más tarde pude comprobar, como todos parecían desaparecer cuando el cerezo japonés anunciaba la llegada de la primavera lazando su primera flor antes que sus hojas, entre el 10 y el 12 de septiembre. Ya viviendo allí se hizo un ritual entre mis hijos ver quien era el que la descubría primero y muchas veces fui yo.
Luego de una semana se convertiría en un gran y suave pompón rosa que comenzaría a desflorarse poco después al contacto de la brisa, semejando a una nevada de verano delicadamente rosada y al terminar ese desflorar, como avergonzados, comenzaban a florecer los ciruelos y al terminar estos su puesta de escena, seguían con el ritual los azahares de los naranjos.
Al penetrar en ella su aire misterioso me envolvió conquistándome definitivamente. Su gran living me hablaba de calor de hogar a través de la antigua chimenea con salamandra de hierro. Su alma de pino se percibía y penetraba por mi nariz dándome la bienvenida .
Tras una enorme puerta de cedro y cristales biselados a la manera de un biombo, podía verse el comedor con su larga mesa que con los años, no tardó en estar ocupada totalmente, con risas y charlas cruzadas, ya de niños, ya de adolescentes, ya de serenos té entre amigas….
Su escalera crujió levemente como murmurando un saludo y adelantándome el secreto sobre la presencia invisible de ese custodio que la vigilaría por siempre.
Ya viviendo allí, debo confesar que nunca lo vi claramente. A veces solo a través de la bruma de amaneceres invernales, o jugando con las luciérnagas en noches de verano, bajo el gran cedro azul del parque.
Un desalmado presagió su futuro llamándola “el brujerío” ….
No era brujas, eran hadas las que la habitaban y eran parte de la corte que servía a ese espíritu inquieto y juguetón que abría puertas y cerraba ventanas pero que siempre se mantuvo alerta protegiéndonos, de tormentas, rayos, inundaciones, ciclones, terremotos, asaltos… .eeeehhhh, un momento Stellita! no estarás exagerando?
No, los que vivimos allí, bien sabemos como La Quinta, siempre quedaba misteriosamente fuera de todo eso como si fuera una isla, nada la afectaba para envidia de las mansiones vecinas.
Nunca creí que iba a vivir el dolor de verla desaparecer, y sin embargo debo confesar
que me duele ver que esta desapareciendo antes que yo.
No se si ya habrán echado las palmeras abajo. Si es así perdurarán por siempre en nuestras memorias a través de la foto de Pato y Vaso en el día de su casamiento, esa en la que él oculta a la foto su cigarrillo en el hueco de su mano.
En esa foto como en miles, en las que se nos ve felices a todos, hijos, nietos, amigos, festejando bodas, cumpleaños, aniversarios, buscando huevos de chocolate en Pascuas o esperando la llegada de Papá Noel con sus regalos, junto al Nacimiento del Niño Dios.
Un buen amigo, sacerdote, nos dijo un día paseando por ese parque tan atípico:
-“ Que pena siento por ustedes, porque al morir no los va a deslumbrar el Paraíso, ya han vivido en el”-

Stella (abuchiche)

Mar el Plata
1 /8/06

Thursday, August 03, 2006

YA

YA
La barreta destrabo
del portón de la quinta.
Ya empieza a abrir sus brazos
con la vieja rutina.

Y el cordial movimiento
que mi mano acompaña
ya me absorbe hacia adentro.
Ya recorro las lajas

Ya he llegado a la meta,
todo ya lo presiento,
todo está establecido

desde el mismo momento
de mover la barreta
con su sobrio sonido

.Bella Vista,28/10/1978De inspiraciónborgeana
Glosario de Carlos von der Becke