Venecia sin Ti
Mientras viajaba desde Bologna a Venecia, en mi primer viaje, pensaba sobre donde pondría mis pies al bajar del tren. Esa ciudad de puentes y silenciosa, solo puede ser soñada, jamás imaginada ya que nuestra imaginación es incapaz de mostrárnosla tal cual es.
Hoy la recuerdo con la misma emoción de entonces mientras paso las hojas del álbum de fotos y me detengo en esa, en la que parados en aquella esquina donde se vendían o alquilaban disfraces y máscaras...
De pronto vimos asombrados a la gente que paseaba disfrazada con toda naturalidad, y sin decirnos nada, sonriendo entramos al negocio a comprar los nuestros, para sumergirnos en esa ciudad sin tiempo y como salida de un cuento.
Yo elegí uno de seda negro, con grandes volados de encaje en el cuello y las mangas junto con una capa de terciopelo con capucha forrada en raso blanco y una mascara dorada con plumas de colores tornasolados y abanico.
Mi marido, reacio a disfrazarse, acepto finalmente ponerse una camisa blanca de anchas mangas sobre su remera y envolverse también en una capa negra que le llegaba a los pies cubriendo sus vaqueros, eligió el clásico tricornio negro bordeado de marabú blanco y mascara del mismo color.
Al mirarnos al espejo no nos reconocimos y ambos percibimos que algo se modificaba en nuestro interior, y con un remolino de sensaciones embriagándonos, comenzamos e recorrer aquellas callecitas de ese mágico laberinto que es Venecia, cruzar minúsculos puentes, tratando de no perdernos, hasta llegar a la Piazza de San Marcos.
Fue como entrar a un inmenso salón de baile, con gente que vestían prendas mas vistosas y coloridas que las nuestra, y aunque los caballeros de capa y tricornio se multiplicaban por cien…ya envueltos en ellas tapando sus rostros, ya danzando y dejándolas volar como alas, a mi me pareció que el que me acompañaba era el más elegante.
Personas de diferentes nacionalidades nos pedían sacarse fotos con nosotros solos o en grupos con otros mascaras, yo ponía cara de misteriosa bajo la máscara protectora, o bajaba los párpados cuando mi compañero se inclinaba a susurrarme algo cerca de mi oido.
De pronto nos encontramos envueltos en una suave niebla que no era tal…, había comenzado a nevar, mientras que se podía escuchar una hermosa canción, y con toda naturalidad los que estábamos en la Piazza de San Marcos, hicimos una ronda y bailamos como si nos conociéramos de todo la vida.
Yo me sentía feliz como nunca y hubiera seguido así, bailando por horas.
Transportada por la música, no noté que la ronda se estaba dispersando. Busque a mi marido con la vista, pero no pude reconocerlo. . Ansiosa, me dirigí hacia el café Florián, lugar
que habíamos elegido como punto de encuentro por si nos perdíamos.
Allí también había un baile, pero me pareció algo más exclusivo que el anterior. Todos tenían disfraces de personajes de cuentos de hadas.
Un hombre con cara de ogro estuvo a punto de echarme de la entrada, pero mi porte distinguido lo detuvo y un Gato con Botas vino gentilmente en mi auxilio y tendiéndome una mano enguantada, me invitó a pasar. Me pregunto si quería bailar y le dije que no sabía bailar ese ritmo. Sonrió y me susurró que la furlana se aprendía al compás de la música.
Rodeada del Sastrecillo Valiente, el Soldadito de Plomo, Pulgarcito y algunas brujas, me entregué de nuevo a la magia que me producía toda esa situación absurda y maravillosa, mientras me deslizaba a compás de ese son del siglo XVII.
No me di cuenta del paso del tiempo, pero de pronto las campanas dieron las doce anunciando la media noche, como en el cuento de la Cenicienta, tal vez ella también estuviera allí, y la música se detuvo.
El Gato con Botas se sacó el sombrero, hizo una reverencia y me besó la mano. “Debemos volver a los cuentos, mi estimada desconocida”, dijo suavemente y se fue sin que yo atinara a entender qué sucedía. Quedé sola otra vez, salí a la Piazza y empecé a caminar soñadora entre los rezagados de la fiesta del carnaval, buscando a mi pareja, que no llegue a encontrar perdida entre otras mascaras que me sonreían, entrecerré los ojos para poder ver mejor bajo esa fina lluvia de nieve y cuando los abrí… allí estaba yo, sola como siempre sentada en mi cama con el albún sobre mis rodillas y aquella foto en las manos.
Stella
Hoy la recuerdo con la misma emoción de entonces mientras paso las hojas del álbum de fotos y me detengo en esa, en la que parados en aquella esquina donde se vendían o alquilaban disfraces y máscaras...
De pronto vimos asombrados a la gente que paseaba disfrazada con toda naturalidad, y sin decirnos nada, sonriendo entramos al negocio a comprar los nuestros, para sumergirnos en esa ciudad sin tiempo y como salida de un cuento.
Yo elegí uno de seda negro, con grandes volados de encaje en el cuello y las mangas junto con una capa de terciopelo con capucha forrada en raso blanco y una mascara dorada con plumas de colores tornasolados y abanico.
Mi marido, reacio a disfrazarse, acepto finalmente ponerse una camisa blanca de anchas mangas sobre su remera y envolverse también en una capa negra que le llegaba a los pies cubriendo sus vaqueros, eligió el clásico tricornio negro bordeado de marabú blanco y mascara del mismo color.
Al mirarnos al espejo no nos reconocimos y ambos percibimos que algo se modificaba en nuestro interior, y con un remolino de sensaciones embriagándonos, comenzamos e recorrer aquellas callecitas de ese mágico laberinto que es Venecia, cruzar minúsculos puentes, tratando de no perdernos, hasta llegar a la Piazza de San Marcos.
Fue como entrar a un inmenso salón de baile, con gente que vestían prendas mas vistosas y coloridas que las nuestra, y aunque los caballeros de capa y tricornio se multiplicaban por cien…ya envueltos en ellas tapando sus rostros, ya danzando y dejándolas volar como alas, a mi me pareció que el que me acompañaba era el más elegante.
Personas de diferentes nacionalidades nos pedían sacarse fotos con nosotros solos o en grupos con otros mascaras, yo ponía cara de misteriosa bajo la máscara protectora, o bajaba los párpados cuando mi compañero se inclinaba a susurrarme algo cerca de mi oido.
De pronto nos encontramos envueltos en una suave niebla que no era tal…, había comenzado a nevar, mientras que se podía escuchar una hermosa canción, y con toda naturalidad los que estábamos en la Piazza de San Marcos, hicimos una ronda y bailamos como si nos conociéramos de todo la vida.
Yo me sentía feliz como nunca y hubiera seguido así, bailando por horas.
Transportada por la música, no noté que la ronda se estaba dispersando. Busque a mi marido con la vista, pero no pude reconocerlo. . Ansiosa, me dirigí hacia el café Florián, lugar
que habíamos elegido como punto de encuentro por si nos perdíamos.
Allí también había un baile, pero me pareció algo más exclusivo que el anterior. Todos tenían disfraces de personajes de cuentos de hadas.
Un hombre con cara de ogro estuvo a punto de echarme de la entrada, pero mi porte distinguido lo detuvo y un Gato con Botas vino gentilmente en mi auxilio y tendiéndome una mano enguantada, me invitó a pasar. Me pregunto si quería bailar y le dije que no sabía bailar ese ritmo. Sonrió y me susurró que la furlana se aprendía al compás de la música.
Rodeada del Sastrecillo Valiente, el Soldadito de Plomo, Pulgarcito y algunas brujas, me entregué de nuevo a la magia que me producía toda esa situación absurda y maravillosa, mientras me deslizaba a compás de ese son del siglo XVII.
No me di cuenta del paso del tiempo, pero de pronto las campanas dieron las doce anunciando la media noche, como en el cuento de la Cenicienta, tal vez ella también estuviera allí, y la música se detuvo.
El Gato con Botas se sacó el sombrero, hizo una reverencia y me besó la mano. “Debemos volver a los cuentos, mi estimada desconocida”, dijo suavemente y se fue sin que yo atinara a entender qué sucedía. Quedé sola otra vez, salí a la Piazza y empecé a caminar soñadora entre los rezagados de la fiesta del carnaval, buscando a mi pareja, que no llegue a encontrar perdida entre otras mascaras que me sonreían, entrecerré los ojos para poder ver mejor bajo esa fina lluvia de nieve y cuando los abrí… allí estaba yo, sola como siempre sentada en mi cama con el albún sobre mis rodillas y aquella foto en las manos.
Stella
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