LA HISTORIA DE SIEMPRE
Las dos mujeres se fundieron en un abrazo, más que por el tiempo transcurrido, por el gran afecto que se tenían.
La mayor, de un poco más de sesenta, cuidada y elegante con el cabello castaño, levemente rojizo, sin una cana, se dejó caer más que sentarse, en la silla que estaba frente al escritorio y mientras se quitaba la chalina de seda natural con una mano, con la otra ponía una abultada carpeta sobre el escritorio.
La joven, dejaba ver una blusa verde pálido bajo la blanca e impecable chaqueta de médico que llevaba desabrochada. Su sonrisa ilumino su sereno semblante y sus ojos ambarinos, ojos que tanto fascinaban a Verónica, pues no podía dejar de recordar otros muy parecidos y no sabia bien por qué, puesto que había pasado tanto tiempo....
Ya en su sitio, la médica miro la carpeta y luego a su amiga con una muda pregunta.
-“ Ya se, Laura, que tu especialidad es ahora la neurología pediátrica, de la que eres reconocida hasta fuera del país, pero durante tanto tiempo has atendido a Anita desde aquellos días en neonatología, en la que te hiciste cargo de ella cuando nació tan pequeña y luego como su pediatra hasta que nos fuimos a Londres, que ahora quiero saber tu opinión.”-
Mientras hablaba sus ojos se llenaron de lágrimas.
Laura no olvidaría nunca a esta mujer, madre primeriza a los cincuenta años, sus temores y su difícil parto, de la que fue testigo. La pequeña Ana salvo su vida gracias a Dios y a ella y a todo el equipo del sanatorio, que pelearon por la vida de esta niña sin tregua, hacia ya más de doce años, y ahora tenía frente suyo una carpeta llena de análisis y placas radiográficas, escritas en varios idiomas que dictaminaban una leucemia aguda y su próximo transplante de médula.
Laura estudio en silencio los informes, mientras sentía los ojos de Verónica clavados en ella .
Recuperando la sonrisa, alargó la mano por sobre el escritorio, para tomar la de esta madre angustiada.
-“Verónica, todo esta en orden. Veo que ya se resolvió el problema del donante y el lugar de Israel donde se realizará el transplante es toda una garantía. No debes temer. Hoy es casi de rutina este transplante allí. Todo saldrá bien - Minimizó la médica - -“La parte cardiológica esta perfecta, y Anita saldrá bien. Me gustaría verla, antes de que partan”-
-“Pero no estarás tú”- dijo Verónica llorando ya sin contenerse, y luego de unos minutos agregó:
-“No resistiría perder otra hija”.....
-¡“¿Otra hija? ¡ ¿Cuándo tuviste otra? ¿No fue Ana la primera? ¡ Por favor Verónica cuéntame!”-
Lo de siempre. Verónica tenía apenas veinte años, casi era una niña, cuando enamorada profundamente de un médico casado quedo embarazada. Él no quiso hacerse cargo y se separaron. Sus padres, de clase media alta, quisieron que abortara, que eligiera, el niño o ellos, pero al negarse, se interno en una casa de madres solteras para darlo en adopción apenas naciera, para poder de esa forma integrarse a su familia nuevamente. Mientras tanto, sus padres dijeron que partía a Europa con una beca en bellas artes. Nadie supo nunca nada, ni sus hermanos ni tíos, nadie. Solo mantuvo contacto con su madre. Una fría noche de julio nació la niña, también como Anita, antes de tiempo. Mientas era trasladada a un hospital del gran Bs. As. durante una feroz tormenta, la pequeña nació en el trayecto, y llevada a una incubadora. Casi no la vio, su madre y la asistente social fueron sus únicas compañía en esos momentos. La pequeña iba a hacer entregada a un matrimonio joven que hacia tiempo esperaban por un hijo. Jamás supo de ella y si sobrevivió. La pobrecita no tuvo la suerte de Ana de ser atendida en buen sanatorio y con una neonatóloga como Laura, que luchara día y noche por ella .
-“Posiblemente ahora tendría tu edad. No puedo dejar de pensar en ella”-
Laura le apretó la mano en un gesto de cariño y Verónica continuo con su relato.
Se dedico a estudiar pintura y esta vez de verdad, a los pocos meses se fue a Paris, y esa aridez emocional de la que hizo gala entonces, no provenía de un desprecio hacia los hombres sino antes bien del dolor, la vergüenza y la culpa que nunca superó. Aquel breve y lejano amorío la había marcado psicológicamente, dejándola emocionalmente inaccesible y claramente incapaz de aceptar galanteos, hasta que ya grande conoció en un viaje al que era su marido, un diplomático con el que podría vivir lejos de su familia, a la que jamás perdonó pero de la que tampoco fue capaz de separase. Nunca supuso que a esa edad fuera a quedar embarazada. Fue su marido quien quiso que Ana naciera en la Argentina, preocupado por su mal embarazo. Como ella, adora a la pequeña. Fue que estando en Londres se descubrió lo de Anita. Ya acordada la fecha del transplante fue la misma niña quien recordó a Laura y su deseo de verla.
-“Como imaginarás nada se le niega, además es muy importante para nosotros tu opinión”- dijo mirando los ojos llenos de lágrimas de Laura .
¡Esa extraña sensación otra vez, “esos ojos”! aunque ahora con lágrimas.
Al marcharse Verónica, Laura se recostó sobre la puerta.
Cerrando los ojos recordó los cuentos de su madre sobre una fría y tormentosa noche de julio, la noche de su nacimiento en una ambulancia, su período en la incubadora, los días de espera en el hospital, sin dormir casi, cuando minoridad les aviso que les había llegado el turno de adopción, cerca de la nursery de donde salió para ir a sus brazos.
Sus padres nunca le ocultaron que era adoptada, y al ser mayor de edad y recién graduada con honores, le entregaron un sobre lacrado.
“-Nunca lo hemos abierto ni queremos hacerlo, pero tal vez tú, alguna vez
quieras conocer el nombre de tu madre, guárdalo”-
“-Tú eres mi MADRE”- dijo abrazándola -“y no me importa saber más”-
Lentamente fue hacia el gran fichero gris y busco en la N una carpeta con el nombre en la tapa: “ N N” y sacó de adentro un sobre lacrado que rompió sin abrirlo....
Con una leve sonrisa tomo el teléfono y llamo a su madre:
“-Soy Laura, mami, solo quería decirte que te amo, espérame a cenar”-.
STELLA
La mayor, de un poco más de sesenta, cuidada y elegante con el cabello castaño, levemente rojizo, sin una cana, se dejó caer más que sentarse, en la silla que estaba frente al escritorio y mientras se quitaba la chalina de seda natural con una mano, con la otra ponía una abultada carpeta sobre el escritorio.
La joven, dejaba ver una blusa verde pálido bajo la blanca e impecable chaqueta de médico que llevaba desabrochada. Su sonrisa ilumino su sereno semblante y sus ojos ambarinos, ojos que tanto fascinaban a Verónica, pues no podía dejar de recordar otros muy parecidos y no sabia bien por qué, puesto que había pasado tanto tiempo....
Ya en su sitio, la médica miro la carpeta y luego a su amiga con una muda pregunta.
-“ Ya se, Laura, que tu especialidad es ahora la neurología pediátrica, de la que eres reconocida hasta fuera del país, pero durante tanto tiempo has atendido a Anita desde aquellos días en neonatología, en la que te hiciste cargo de ella cuando nació tan pequeña y luego como su pediatra hasta que nos fuimos a Londres, que ahora quiero saber tu opinión.”-
Mientras hablaba sus ojos se llenaron de lágrimas.
Laura no olvidaría nunca a esta mujer, madre primeriza a los cincuenta años, sus temores y su difícil parto, de la que fue testigo. La pequeña Ana salvo su vida gracias a Dios y a ella y a todo el equipo del sanatorio, que pelearon por la vida de esta niña sin tregua, hacia ya más de doce años, y ahora tenía frente suyo una carpeta llena de análisis y placas radiográficas, escritas en varios idiomas que dictaminaban una leucemia aguda y su próximo transplante de médula.
Laura estudio en silencio los informes, mientras sentía los ojos de Verónica clavados en ella .
Recuperando la sonrisa, alargó la mano por sobre el escritorio, para tomar la de esta madre angustiada.
-“Verónica, todo esta en orden. Veo que ya se resolvió el problema del donante y el lugar de Israel donde se realizará el transplante es toda una garantía. No debes temer. Hoy es casi de rutina este transplante allí. Todo saldrá bien - Minimizó la médica - -“La parte cardiológica esta perfecta, y Anita saldrá bien. Me gustaría verla, antes de que partan”-
-“Pero no estarás tú”- dijo Verónica llorando ya sin contenerse, y luego de unos minutos agregó:
-“No resistiría perder otra hija”.....
-¡“¿Otra hija? ¡ ¿Cuándo tuviste otra? ¿No fue Ana la primera? ¡ Por favor Verónica cuéntame!”-
Lo de siempre. Verónica tenía apenas veinte años, casi era una niña, cuando enamorada profundamente de un médico casado quedo embarazada. Él no quiso hacerse cargo y se separaron. Sus padres, de clase media alta, quisieron que abortara, que eligiera, el niño o ellos, pero al negarse, se interno en una casa de madres solteras para darlo en adopción apenas naciera, para poder de esa forma integrarse a su familia nuevamente. Mientras tanto, sus padres dijeron que partía a Europa con una beca en bellas artes. Nadie supo nunca nada, ni sus hermanos ni tíos, nadie. Solo mantuvo contacto con su madre. Una fría noche de julio nació la niña, también como Anita, antes de tiempo. Mientas era trasladada a un hospital del gran Bs. As. durante una feroz tormenta, la pequeña nació en el trayecto, y llevada a una incubadora. Casi no la vio, su madre y la asistente social fueron sus únicas compañía en esos momentos. La pequeña iba a hacer entregada a un matrimonio joven que hacia tiempo esperaban por un hijo. Jamás supo de ella y si sobrevivió. La pobrecita no tuvo la suerte de Ana de ser atendida en buen sanatorio y con una neonatóloga como Laura, que luchara día y noche por ella .
-“Posiblemente ahora tendría tu edad. No puedo dejar de pensar en ella”-
Laura le apretó la mano en un gesto de cariño y Verónica continuo con su relato.
Se dedico a estudiar pintura y esta vez de verdad, a los pocos meses se fue a Paris, y esa aridez emocional de la que hizo gala entonces, no provenía de un desprecio hacia los hombres sino antes bien del dolor, la vergüenza y la culpa que nunca superó. Aquel breve y lejano amorío la había marcado psicológicamente, dejándola emocionalmente inaccesible y claramente incapaz de aceptar galanteos, hasta que ya grande conoció en un viaje al que era su marido, un diplomático con el que podría vivir lejos de su familia, a la que jamás perdonó pero de la que tampoco fue capaz de separase. Nunca supuso que a esa edad fuera a quedar embarazada. Fue su marido quien quiso que Ana naciera en la Argentina, preocupado por su mal embarazo. Como ella, adora a la pequeña. Fue que estando en Londres se descubrió lo de Anita. Ya acordada la fecha del transplante fue la misma niña quien recordó a Laura y su deseo de verla.
-“Como imaginarás nada se le niega, además es muy importante para nosotros tu opinión”- dijo mirando los ojos llenos de lágrimas de Laura .
¡Esa extraña sensación otra vez, “esos ojos”! aunque ahora con lágrimas.
Al marcharse Verónica, Laura se recostó sobre la puerta.
Cerrando los ojos recordó los cuentos de su madre sobre una fría y tormentosa noche de julio, la noche de su nacimiento en una ambulancia, su período en la incubadora, los días de espera en el hospital, sin dormir casi, cuando minoridad les aviso que les había llegado el turno de adopción, cerca de la nursery de donde salió para ir a sus brazos.
Sus padres nunca le ocultaron que era adoptada, y al ser mayor de edad y recién graduada con honores, le entregaron un sobre lacrado.
“-Nunca lo hemos abierto ni queremos hacerlo, pero tal vez tú, alguna vez
quieras conocer el nombre de tu madre, guárdalo”-
“-Tú eres mi MADRE”- dijo abrazándola -“y no me importa saber más”-
Lentamente fue hacia el gran fichero gris y busco en la N una carpeta con el nombre en la tapa: “ N N” y sacó de adentro un sobre lacrado que rompió sin abrirlo....
Con una leve sonrisa tomo el teléfono y llamo a su madre:
“-Soy Laura, mami, solo quería decirte que te amo, espérame a cenar”-.
STELLA
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